Mientras escribo estoy tratando de entresacar una sola virtud de estos zurdos individuos, pero es un esfuerzo inútil. Sus repugnantes atrocidades y su desmedida crueldad son tan descomunales, que impiden apreciar algún atisbo de bondad.

La macolla coincide y afirma de manera unívoca, inequívoca y al unísono, que en Venezuela no hay crisis humanitaria y les doy la razón. En efecto lo que hay es mucho peor. Porque en estos veinte años se ha perpetrado un criminal genocidio contra el pueblo venezolano, como ha ocurrido con todas las revoluciones de izquierda, que han dejado su huella de dolor y muerte, allí donde la candidez e inocencia humanas le han dado un cheque en blanco a sus verdugos: sean electos, designados, impuestos o porque bajaron de la montaña y a punta de fusil tomaron -por asalto- el poder.

Siempre con las mismas promesas, porque el paraíso socialista garantiza igualdad total. El proletariado tendrá su dictadura, las clases sociales desaparecerán y por tanto la odiosa burguesía será expulsada del edén. La riqueza será distribuida equitativamente, la dignidad envolverá a cada uno de los dichosos habitantes de aquel mundo, ideado por la izquierda para salvar a la humanidad del diabólico e injusto capitalismo. El que ofrece tanta felicidad exige -a cambio- fidelidad canina por parte de su feligresía, a quien le espera, inexorablemente, un martirio infinito como el que sufren los perros abandonados en la Venezuela de hoy.

Porque ese estado de gracia -cuasi divina- tiene su fecha de caducidad. Dura mientras fluya el vil metal en forma de limosna para el pueblo y llegue con la fuerza e intensidad de las cataratas del Niágara a los caudales de la élite dominante. Toda ella debe enriquecerse y disfrutar sin límites, como ha ocurrido siempre, hasta para satisfacer sus perversiones más oscuras. Es menester darse un paseíllo por los vicios de los siniestros tiranos de Zurda Conducta, que todavía son adorados, admirados y emulados por sus herederos en estos tiempos de postverdades.

Mientras escribo estoy tratando de entresacar una sola virtud de estos zurdos individuos, pero es un esfuerzo inútil. Sus repugnantes atrocidades y su desmedida crueldad son tan descomunales, que impiden apreciar algún atisbo de bondad en sus retorcidas personalidades. Su patológica necesidad de permanecer en el poder hace que cometan todos los crímenes contra los pueblos a quienes dicen querer y defender. Además, programan, planifican y ejecutan -con excesiva crueldad- sus acciones para humillar, envilecer y degradar al pueblo. Por eso, administrar el hambre desde que se instalan en el poder es prioritario, y este es un elemento que hermana a las satrapías rojas desde siempre.

El holodomor, por ejemplo, fue el genocidio ucraniano (1932-1933) planificado por Stalin, que provocó la muerte de 10 millones de personas. De hecho, la palabra holodomor significa muerte por hambre. Imagínense aquel período oscuro y sangriento, con un pueblo esclavizado muriendo de inanición y con un frío glacial. Con Mao Zedong la hambruna exterminó a millones de chinos. En la Cuba castrocomunista el hambre y los períodos especiales han matado, enfermado y expulsado a cientos de miles de cubanos durante 60 años. Algo similar puede decirse de la Camboya de Pol Pot, Vietnam o Corea del Norte. En esta última las hambrunas son un lugar común para un pueblo esclavizado, que durante setenta años ha sufrido las brutales dictaduras de los Kim.

Pero los genocidios solo se consideran tales cuando son parte de la historia y, claro, se conjugan en pasado. Nuestro presente ha visto transcurrir seis y siete décadas de brutales tiranías en Cuba y Corea del Norte, y la comunidad internacional sabe que detrás de las cortinas de hierro de esos comunismos, lo que existe es esclavitud, dolor, represión, devastación, hambre y muerte. En Venezuela son veinte años de socialismo y la situación ha empeorado año tras año, incluso con la orgía de dólares que le llovieron al paracaidista que se apoderó de este territorio en 1999. Hoy puede hablarse de un genocidio, que se sufre en el aquí y el ahora de los venezolanos, y que tiene su razón de ser en la crueldad de la élite dominante, que primero administró el hambre para luego desatar e imponer hambrunas, que buscan exterminar a la población nacional.

Cualquier capricho del todopoderoso resulta suficiente justificación para perpetrar los castigos más atroces contra una ciudadanía azotada, también, por el miedo. Generado por la violenta represión de estos supremacistas de izquierda, que se sienten dueños de la vida y de la muerte de aquellos a quienes consideran indignos, imperfectos, súbditos, enemigos o simples fichas que mueven a su antojo en el tablero de su recalcitrante protervia e inhumanidad.

Agridulces

La ayuda humanitaria está muy cerca y millones de venezolanos la esperan, porque de esos alimentos y medicinas depende su propia vida y la de sus familiares. Pero, eso es lo que menos les importa a los capitostes del régimen y a los desalmados del alto mando militar, quienes utilizan las armas para mantenerse en el poder al precio que sea.