Opinión

Hay quienes miden la salud de un Estado por cuán frecuentes son las bodas. Dicho de otro modo, por cuánto se apuesta a la felicidad. Estos han sido días aciagos para las bodas. En otros escenarios, es una situación causada por razones distintas a las que nos ha tocado en este país, pero hay algo de lo que se debe estar claro: las bodas tienen un código, hablan, dicen cosas, por eso medirlas es de importancia.

Tener escrúpulos es saludable, tenerlos en exceso es enfermedad. Los escrúpulos tienen que ver con moral y ética. Si tienes escrúpulos puedes ser bueno en el oficio que elijes, pues mantendrás códigos de excelencia y calidad que son determinantes a la hora de cuantificar el tejido complejo en que nos movemos los seres sociables.

El ciudadano común vigila receloso, esperando los unos de los otros y todavía que otros resuelvan, pero el tiempo pasa y la necesidad de actuar se acentúa. Sabemos que no hay secretos eternos. Nada serio se puede preparar sin que se sepa. En consecuencia hay que apresurarse. Todo está infiltrado. Este es un riesgo que debe asumirse a plena conciencia de su gravedad. El país está tomado por el crimen organizado. No se trata de delincuencia común.

La obra narrativa de Francisco Arévalo es el retrato vivo de una época, el testimonio de un explorador que se permite ser parte del relato y se queja de la plaga, del viaje y de las bárbaras costumbres del lugar, sin preocuparse por la objetividad que le exige la descripción etnográfica.

La lucha por la democracia no es un ejercicio instrumental, autista, procesal, negocial, meramente electoral, en el que las formas se pueden sobreponer según la conveniencia y al fondo de las cosas. Menos en un momento en el que el llamado desencanto con la democracia y con los partidos significa, antes bien, un reclamo a gritos por la calidad de la democracia y por la decencia de quienes asumen ser sus artesanos.

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